martes, 22 de noviembre de 2011

Cruzando el sereno Rajastán


Tras los ajetreos de Uttar Pradesh y más de un mes dando tumbos por la India, nuestros ojos comienzan a mirar hacia las tranquilas playas del Mar Arábico. Y hacia el sur nos habríamos dirigido de no ser por la atracción que tiene, para nosotros y casi todo el mundo, adentrarse en Rajastán. Los míticos turbantes, bigotes y zapatos picudos, el desierto, los camellos y las grandes fortalezas Rajputas convierten esta zona en una de las más turísticas y, tras nuestro paso por aquí, no nos extraña que lo sea.


Jaipur. La ciudad rosa

Entrando en autobús a Jaipur ya se empieza a notar la diferencia con el resto de las zonas visitadas. Montañas de roca caliza bordeadas por murallas repletas de arcos y avenidas más amplias. Los contrastes empiezan a verse desde la ventanilla del bus. Grandes centros comerciales y gigantescos edificios con fachadas de cristal que reflejan carros tirados por camellos y a elefantes que circulan entre el caótico tráfico. Grandes joyerías, restaurantes y hoteles de lujo y, en la puerta, grupos de niños descalzos pidiendo rupias y recogiendo botellas de plástico. Se nota el poder económico de la ciudad y que la mano de la colonización inglesa fue estrechada, penetrando mucho más en la arquitectura y en la sociedad de la ciudad rosa. Y rosa es porque fue pintada así por un Maharahá ante la visita de Eduardo VII cuando era Príncipe de Gales, amistad entre realezas hoy en día conservada. Que se diviertan jugando al polo mientras seguimos buscando un lugar barato donde desayunar.

Respecto a la parte de visitar y conocer los distintos zocos de artesanos, los edificios y demás zonas bellas de la ciudad, se conocieron a medias. Y no por falta de tiempo, si no por unos dulces que Javi comió, que no sabían muy bien y le dejaron disfrutar de un relajado día charlando con el señor Roca. Esther, por su cuenta, pudo disfrutar del atardecer sobre la ciudad rosa, de los edificios construidos a lo largo de siglos por los maharajás de Jaipur y, ante todo, de los decorados elefantes que paseaban por las calles, las bellas telas que confeccionan y muestran las tiendas callejeras y de estrechas y escondidas calles, apartadas del bullicio, que terminan en magníficos patios semi-abandonados. Y para coronar nuestra visita, nos sorprendimos bailando en plena calle con unos agradables sijhs que celebraban una boda, luces, músicos y novio en carroza incluidos.







Jodhpur. La ciudad azul

Después de tantas semanas rodando por la India, Jodhpur es uno de esos lugares que pueden devolverte las ganas de seguir viajando durante más tiempo, que te animan y te inspiran. Nada más salir de la estación del tren, a pesar de estar en plena ciudad nueva, con su alcantarillado abierto, su ruido y suciedad, levantas la mirada y te asombras ante el Meherangarh, un sorprendente castillo en lo alto de una colina de 125 metros de altura, con impresionantes muros y palacios. Al acercarte a la ciudad vieja, dejando atrás una bonita torre del reló y, sobre todo, al dirigirte hacia la entrada del Meherangarh te puedes sentir como Indiana Jones en el Templo Maldito llegando al castillo del Maharajá.

La visita turística al fuerte y los palacios y el deambular por la ciudad vieja, con un azul deslumbrante (en este caso por un motivo mucho más útil que el rosa de Jaipur, puesto que se pintan para evitar al calor y los insectos), es una auténtica maravilla. Cenar viendo esta obra iluminada y levantarte antes de las siete de la mañana para ver su murallas pasando del blanco al rojo mientras el sol se levanta junto a un palacio, es el tipo de experiencia que buscas en cualquier viaje. Entiendes porque a todo el mundo le gusta Rajastán.


Españoles en Jaisalmer

xSi el Meherangarh de Jodhpur nos maravilló, no fue para menos la llegada al desierto del Thar y la increíble Jaisalmer. De nuevo el Dr. Jones se mete en nuestros cansados cuerpos tras horas de autobús para pasear por una ciudad sacada de un sueño. Murallas, havelis (palacios) y casas color miel salpicadas de filigranas arquitectónicas en mitad de la nada del desierto. Para colmo y, como respuesta a un comentario casual que fue algo como: “…llevamos un montón de días sin conocer a nadie majete ¿no?...” nos vimos, cual bola de nieve que crece. Comenzamos con una chica alemana, seguimos con una pareja del País Vasco, sumamos dos españolas más y un argentino en la comida y, para terminar el día, cenamos en la antigua casa de un primer ministro convertida en un precioso hotel invitados por su simpático dueño, junto con una italiana y una coreana al más puro estilo indio, en el suelo, con las manos y del mismo plato, compartiendo la comida y unas risas. Lástima que la diversidad de la India nos vaya llevando por caminos distintos y solamente podamos disfrutar de un día de conversaciones, risas y, finalmente, intercambios de mails, esperando volver a vernos, en este país, en el nuestro, o en donde sea…



Para rematar la visita al desierto, no hay nada como conseguir una moto por unos tres euros (aunque después pagásemos cuatro por cinco litros de gasolina…), perderse por las ruinas del desierto, sentir la arena de las dunas bajo nuestros pies, adelantar a un solitario camello en una recta rodeada del árido paisaje, descubrir una colina desde la que divisar un pequeño oasis, en el que refrescarte y ver llegar a docenas de vacas y cabras a beber, acompañadas de pastores del desierto. Acostumbrados a terminar las jornadas cansados de trabajar-estudiar y realizar tareas domésticas, concluir la agotadora jornada cenando en la terraza del hotel, tras la ducha y la visita al Thar, con otras simpáticas españolas y una holandesa, no tiene precio (y aquí realmente es muy poco…). Dejar Jaisalmer al día siguiente nos apena, nos habría gustado estar de algún día más, pero tenemos billetes de bus y tren para llegar a Udaipur, parando de nuevo en Jodhpur. El viaje ha de continuar. Sitios maravillosos y gente de lo más variado y de lo más agradable. No hay duda de que estos momentos se repetirán, por lo que agradecemos los instantes vividos y volvemos a pensar en la próxima parada.


Luces en la noche de Udaipur

La última etapa en Rajastán, tras un agotador domingo de trayectos en tren, nos lleva hasta Udaipur. Queríamos comprobar si era tan bonito como nos habían dicho. Al llegar solo evidenciamos la belleza de la habitación que conseguimos a muy buen precio. Nuestro pequeño palacete con “sofá” incrustado en el hueco de la ventana, un bonito arco y una comodísima cama. A la siguiente mañana podríamos disfrutar del Lago Pichola y las islas y palacios que hay en él. Udaipur es una ciudad muy turística, llena de tiendas y joyas como el Palacio de la Ciudad y el Templo de Jagdish. Pero cuando el sol cae tras las montañas al oeste de la ciudad es cuando esas joyas brillan y deslumbran. Desde la multitud de restaurantes y terrazas de hoteles te puedes maravillar ante los iluminados palacios, reflejándose sobre el lago, ante el Palacio de la Ciudad, que mira a los montes circundantes, en los cuales también brillan las luces de lejanas construcciones. Es una maravilla sentarse a contemplar esta ciudad de noche, para después irte a dormir como en los cuentos que oíamos de pequeños. Es un lugar donde sentirse como la princesa de las historias, o como el aventurero de las películas. Un bonito broche a nuestra visita a Rajastán.

Dejamos esta zona y, como nos ha pasado varias veces en este viaje que solo acaba de empezar, con pena por los lugares que no hemos visitado y con ganas de llegar a la siguiente etapa. Ahora es cuando toca poner rumbo al sur, pasar dos días comiendo y durmiendo en tren, dejar atrás Gujarat, Mumbay y las zonas más turísticas de Goa. Ahora toca buscar playas aisladas, rodeadas de selva y, si tardamos en volver a hablar con vosotros, no os preocupéis, estaremos haciendo nada a orillas del Mar Arábico.




jueves, 10 de noviembre de 2011

La ciudad más antigua del mundo… en el segundo país más poblado del mundo


Desde que llegamos, hace un mes, a la India, hemos recorrido varias regiones. Desde el orgulloso Punjab, al grandioso Himachal Pradesh, pasando por Uttarakhand y completando este primer mes con Uttar Pradesh, en las zonas más turísticas como Agra y en las menos, como Allahabad o Mathura. Durante un mes ha sido imposible escapar a las ciudades, superpobladas y supercontaminadas, con sus ajetreos y su constante ruido, salvo los días pasados en Rishikesh y, por supuesto, en McLeod Ganj.

Las ciudades indias siguen un patrón común. Una parte más nueva, donde bloques de ladrillo y hormigón se suceden entre templos, algún parque y centros comerciales de diversos tipos. A lo largo de avenidas y calles relativamente anchas, el tráfico de coches, motos, bicicletas, vacas, rickshaws y ciclorickshaws se sucede con el constante sonar de los pitidos en una competición por pasar primero por donde no se puede. Por otra parte están los suburbios, que solamente contemplamos desde el autobús o el tren cuando entramos o dejamos una de estas ciudades. Impactan los pueblos chavoleros de los que, cada mañana, ves salir a docenas de personas a hacer sus necesidades junto a las vías férreas, entre toneladas de inmundicias y basuras. El lento avance de los trenes en las afueras de las ciudades ofrece una panorámica de la parte más bestia de este país. Por otra parte, en todas las ciudades se encuentra la ciudad vieja, que suele consistir en un bazar de calles serpenteantes donde los vehículos más pequeños se entrecruzan con centenares de indios e indias, entre tiendas, talleres, puestos de chai y de comida.


Estas zonas, repletas de construcciones bajas, viejas y casi en derrumbe son las que suelen albergar los templos más antiguos, los hoteles económicos y cuando algún río sagrado, como el Yamuna o el Ganges, serpentea a su lado, los magníficos e impresionantes Ghats.

Pero si alguna ciudad puede presumir de casco antiguo (con todo el respeto a Vieja Delhi y demás ciudades) y, sobre todo de ghats, esa es Varanasi (Benarés) y la tan famosa zona de Viejo Varanasi. Las callejuelas que se extienden en la orilla del Ganga son una maravilla, calles de hasta poco más de un metro de anchura, desiertas o atestadas, llenas de tiendecillas, de locales donde comer o simplemente de basura y plastas de las decenas de vacas que campan a sus anchas por todas partes. Un laberinto que te conduce por la que dicen, es la ciudad viviente más antigua del mundo. Increíbles templos hindús afloran entre antiguos palacetes y casas de hormigón llenas de habitaciones para turistas, descendiendo y serpenteando por la orilla del río para finalizar en los increíbles gaths de Varanasi.


Aunque ya hemos visto multitud de ghats, desde Haridwar hasta Mathura en el Ganga y el Yamuna respectivamente, así como en otros ríos, los de la antigua Benarés son otra historia. Gigantes edificios junto a los escalones que descienden hacia las aguas del río se suceden entre una neblina permanente que filtra el sol, como si el humo de las cremaciones lo cubriese todo, dando lugar a una luz única y a una atmósfera que acompaña a este misteriosos lugar, donde la vida y la muerte se cruzan con la misma normalidad que una vaca camina entre el tráfico de una avenida. Es lo normal aquí, pero para nuestros ojos, es impactante.

Al amanecer podemos contemplar desde un bote como los peregrinos se agolpan en los ghats para realizar sus abluciones, limpiando así sus pecados en las más que contaminadas aguas del Ganges. El Ganga Aarti o Puja al río, que ya hemos descrito anteriormente, se repite al anochecer, de forma más elaborada y visual. Las creencias hindús se manifiestan en cada gesto a la orilla del río, en los altares de los restaurantes y en la multitud de templos a las más diversas encarnaciones de Brahman. Pero hay un ritual que diferencia a Varanasi del resto de ciudades, por lo que miles de turistas venimos, por lo que todo el mundo ha oído hablar de este lugar. Como hemos dicho, la vida y la muerte se entrelazan de manera sin igual, a la vista de todo el mundo e impresiona. Impresiona ver como trasladan a los cadáveres envueltos en telas por las estrechas calles de la ciudad, como los mojan en el río, mientras un sacerdote construye una pequeña pila de troncos. Impresiona como arden, leña, piel y hueso, pero impresiona más la normalidad y la frialdad con la que se realiza. La muerte aquí no es un tabú ni un drama. Todo el mundo ve como se consumen los cuerpos y como se arrastran sus cenizas hasta la orilla del río, mientras la gente charla tranquilamente y los niños juegan al cricket o vuelan cometas. Aquí no hay lágrimas, aquí no hay mujeres hindús. Ambas se quedan en casa.


Una de las cosas que más nos han impactado en nuestras vidas fue el descubrir que no a todo el mundo lo queman. Existen excepciones, y estas excepciones flotan envueltas en algo parecido al mimbre a lo largo del Ganges, al lado de donde se bañan niños y donde realizan las abluciones, al lado de donde se queman, sin descanso las veinticuatro horas del día, los cuerpos sin alma de los hindús. A los muy ricos, los queman en los gaths principales, en rara ocasión. A los pobres, pero no lo suficiente como para no poder pagar la leña, en los dos gaths donde pudimos observar el ritual. A los que no llegan a eso, en un edificio cercano a uno de estos gaths mediante quemadores eléctricos. Pero a los santones, mujeres embarazadas, niños, leprosos y muertos por picadura de serpiente, se les envuelve, se les ata una piedra y se les deja caer al río desde un bote. Como pudimos descubrir, no siempre permanecen en el fondo del Ganga.


Cosas de la superpoblación…

Sobre los transportes en la India ya hemos comentado algunas cosillas. Para nosotros, la mejor forma de movernos, hasta el momento, ha sido en tren. Viajando en butacas durante trayectos cortos o en clase sleeper durante trayectos nocturnos se viaja cómodo y muy barato. Los trenes son puro espectáculo. La gente habla encantada contigo y, comida y bebida abundan, los baños huelen a rayos pero las puertas van siempre abiertas y se ventilan los vagones.

Los autobuses, por el contrario, suelen llenarse hasta límites insospechados y, como podéis imaginar, son trastos que cuesta creer que anden. En general, viajar por este país es fácil, hay muchos trenes, muchos más autobuses y, a diferencia de otros países que conocemos, el transporte es muy barato, lo necesario para que millones de indios se desplacen a diario.
Llegar y salir a Varanasi en tren puede ser complicado. Las agencias de viaje reservan todos los billetes y encontrar uno que te convenga es difícil. Nosotros tuvimos suerte y encontramos lo que queríamos, llegando a Varanasi desde Gwalior y saliendo hacia Allahabad. Todo bien hasta que, en el tren hacia esta última ciudad, cuando llega el revisor te dice algo como “este no es vuestro tren…” Recuerdas tu llegada a la estación, tren 15159, llegada al andén 5 a las 12.15 y salida a las 12.30, todo correcto. Recuerdas ir al andén 5, que el tren llega a esa hora y sale puntual, que suele ser lo normal con los trenes aquí. A buscar alternativas. La encuentras, siempre la hay, todo es posible en India. Consiste en bajarte en un sitio llamado Jonpur, y allí pillar un bus a Allahabad. No sabes que ha pasado, pero hay salida y, con lo barato del tren y el autobús, no perdemos mucho dinero (un par de euros tal vez), el error no es caro, aunque si en tiempo, llegando más tarde y más cansados. El caso es que cuando las cosas no van, no van y encontrar un hotel en esta ciudad se empieza a convertir en algo de lo más desagradable. Todos los hoteles (visité por lo menos diez o doce) estaban completos, salvo uno que costaba 1000 Rs. la noche (normalmente pagamos entre 200 y 400). Los conductores de ciclorickshaw, con pinta de toxicómanos terminales, son más pesados que en ningún sitio y, el lugar en particular, es una completa basura… atestado de gente que va a peregrinar en las confluencias del Ganges y el Yamuna. Como he dicho, cosas de la superpoblación.

Sabíamos que llegaría el momento en el que esto ocurriría, y llegó. Resumiendo: palizón de autobús, caminata con mochilas y terminar en un hotel caro que, por supuesto, no era ninguna maravilla, cansados y desilusionados. Antes de dormir ya habíamos pensado en cambiar el billete de tren y salir lo antes posible de allí. Lo mejor de todo es que, un efecto que desconocíamos, al ser este un viaje tan largo, es que te olvidas del día de la semana en el que estás, y eso nos gustaba... Hasta que te das cuenta de que el error del tren es porque has ido un día antes a la estación… Para rematar el asunto, coges dos billetes para esa noche en clase general, que es algo así como el que llega primero coge asiento y si no… te jodes. Yo me subí al tren antes de que parase en el andén y la peña ya estaba tumbada en los portaequipajes, pero al menos nos pudimos sentar y mal dormir rodeados de indios que poco a poco se cansaban de la apretada butaca y se tiraban por el suelo, junto con los que no habían encontrado otra cosa... vaya nochecita y vaya dolor de riñones, pero como dicen las madres… palos a gusto no duelen.

Lo positivo, y lo tiene, es que por casualidad terminamos en lugares donde ningún turista pone el pie, donde la gente te ayuda a buscar el transporte a la estación de bus, te ceden asiento para que nos sentemos juntos y no vayamos de pie y se interesan por ti sin querer una sola rupia a cambio. Conocer algo más de su forma de vida, ver como viajan aquellos que no se pueden permitir las menos de 200 Rs. (menos de 3€) que cuesta una litera. Lo que más cuesta asimilar de este país es que, mientras que en Nueva Delhi se gastan millones de euros en organizar una carrera de Fórmula 1, hay gente que pasa la noche durmiendo en el suelo de la estación, o fuera de ella cuando ya no hay espacio en el hall, para intentar coger un asiento en un vagón, que casi nunca consiguen, viajando de pie o en el suelo durante horas. No parece justo. Hablamos muchas veces de que, en más de un mes por estas tierras, algunas cosas las tomamos por habituales, cosas que nada más llegar nos parecían increíbles. Esperamos no acostumbrarnos nunca a la extrema pobreza y dejadez que sufren millones de personas. Ya lo hemos dicho, superpoblación quiere decir que hay mucho, pero que muchísimo, de todo. Bellas personas, ricos, gente desplazándose y, sobre todo, pobreza.

Tras el despiste y el paréntesis de un par de días machacándonos, llegamos nuevamente a Agra, al hotel que conocemos, barato y con un colchón muy muy muy bueno, para descansar antes de abandonar la profunda India de Uttar Pradesh, en la que la religión y los centros de peregrinaje hindú absorben absolutamente todo, más que en cualquier otra parte que hemos conocido. Toca descansar para salir en busca del famoso Rajastán, dejamos la inmensa llanura del Ganges y nos dirigimos hacia el desierto del Thar.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Grandes monumentos y un "paréntesis"

Tras la burbuja tibetana volvemos a Delhi en nuestro primer viaje nocturno en tren. Al margen del “indio eructitos”, cuya cualidad principal era sacarse mocos y eructar continuamente (suerte que no estábamos demasiado cerca), la noche en clase sleeper, que suena bien pero es la más cutre y, por supuesto, baratísima, se pasa muy bien y con algo de retraso llegamos a la capital. Poco que decir de esta visita. La parte nueva, que nos dejamos para esta ocasión, resulta insulsa, por lo que pillamos un bus y volvemos a Vieja Delhi para dar un último paseo por sus callejuelas, llenas de vida y mugre.

Madrugón, carrera en rickshaw antes del amanecer y llegada a otra caótica estación, donde el Taj Express nos habrá de llevar a donde todo el mundo va, a Agra y al monumento de los monumentos, el Taj Mahal. Aunque algo cansados, encontramos un buen hotel, comemos y nos dirigimos a la puerta sur del Taj. Otra cola, pero esta es inmensa. Comprar la entrada y dirigirnos a la puerta este es uno de los mejores consejos que nos han dado desde que estamos aquí. Total, la entrada, registro, arco de seguridad y adentro. Cuando cruzas la puerta que da a los jardines ya sabes que vas a encontrar. Lo has visto mil veces, en fotos, la tele, postales, pinturas, etc. Estamos a punto de ver si el Taj Mahal nos decepciona o nos sorprende, solo un paso más. Subes un escalón, te giras y ahí lo tienes. Al cruzar la puerta asombra el tamaño. Pues sí que es grande, vaya, y blanco. Una mole de mármol blanco, entre dos gigantescas mezquitas, ante los jardines. Es muy bonito, no hay duda.

El resto del día lo dedicamos a observarlo, pasear, hacer fotos, fotos a docenas, como no. También a colarnos en las filas. Quizá porque es sábado, o porque este país está lleno de gente a más no poder, y además es la fiesta del Diwali, el Taj es un hormiguero de indios, por lo que le echamos algo de morro y nos vamos colando en la mezquita, en el patio, etc. La pena es que no se pueda ver más del interior del edificio, solamente la falsa tumba del interior. Las horas pasan tranquilas mientras observas todo el complejo, junto al río Yamuna, que discurre tras el monumento. El sol baja lentamente y el tiempo pasa charlando con familias que vienen de todos los punto del país y haciéndonos fotos con ellos, pues siguiendo la tónica general, somos más fotografiados que el mismísimo Taj Mahal. Increíble pero cierto. No increíble pero si preciosa es la puesta de sol, hasta que la noche hace del mármol blanco una sombra. Ya nos lo dijeron, los arquitectos mongoles son increíbles

Otra cosa que descubrimos es que, mientras que el indio que más paga (si no tiene ninguna discapacidad, no es arqueólogo ni nada de nada), obtiene la entrada por 20 rupias. Los turistas pagamos 750 Rs. El resultado es que, por lo que nosotros pagamos entran 150 indios con descuento o 75 sin él. Normal que luego nos hinchen los precios hasta para comprar 4 plátanos en la calle…

Al día siguiente, en esta ardua vida que nos hemos buscado y, tras desayunar en una terraza con vistas al ya nombrado edificio, cogemos otro cochambroso autobús, de esos que se van llenando de forma inverosímil y que cuesta creer que puedan andar cuesta abajo. Dicho bus nos lleva a Fatehpur Sikri, ciudad construida por un tal Akbar, que tenía 5000 mujeres y que a su muerte dejó casi toda la India bajo poder Mongol, una filosofía integradora de todos los credos y esta increíble ciudad. A su muerte todo desapareció poco a poco, incluido Fatehpur Sikri, al que la falta de agua dejó en el olvido. Ahora es un conjunto maravilloso de palacios y ruinas rodeados de todos los que intentan vivir del turismo. Esto conlleva estar observando la Buland Darwaza, una impresionante puerta de 54 metros de altura mientras esquivas a docenas de niños, falsos guías, vendedores y conductores de autorickshaw. Es una pena puesto que al final tu paciencia llega al límite, no porque sean especialmente pesados (esos están en Gambia y Senegal), sino porque son una legión.

La superpoblación implica que aquí haya mucho de todo, de lo bueno, de lo malo y de lo pesado también. El caso es que seguimos con la política de colarse, ahora en la otra acepción, saltando un muro para evitar pagar las 250 rupias de la entrada a los palacios, porque tenemos mucho que recorrer y gastar como para estar pagando estos precios en todo lo que la UNESCO ha puesto el sello de Patrimonio de la Humanidad, que aquí en la India son muchas cosas… no os molestéis en traducir ese precio a euros porque da risa pero, es lo mismo que negarte a pagar en un restaurante para turistas 200 rupias por un talhi cuando en el garito callejero de enfrente te cobran 40, está más rico y seguro que les viene mejor el dinero que al dueño del local pijete o que al departamento gubernamental que gestiona el patrimonio artístico.

En fin. La siguiente etapa, por recomendaciones varias, es Mathura y el “pequeño pueblo” de Vrindavan. Estos puntos son famosos porque aquí nació (en Mathura) y vivió (en Vrindavan) Krisna. Si, si, si, amiguitos. Sobre todo Vrindavan está lleno de esos personajillos que hemos visto muchas veces en los aeropuertos. Cabecitas peladas, mochete detrás y “Hare Krisna, hare hare, hare Krisna” a mansalva… Mathura es una ciudad donde el término cochambroso adquiere un significado puro, pero con un casco antiguo junto a los gaths del sagrado río Yamuna excepcional. El templo que se ha construido en el lugar donde Lord Krisna nació es una mezcla de pinturas excepcionales y un cutre parque de atracciones con figuras de deidades moviendo alguna extremidad de la forma más cutre imaginable. Otra cosa es el ritual del que ya os hablamos en Haridwar, la Puja o Aartri, pero en este caso al Yamuna. De nuevo una muestra asombrosa y espectacular de devoción, al resonar de las campanas y encender el fuego sagrado. Merece la pena agolparse entre los hindús para contemplarlo.

Vrindavan, sin embargo, nos ofrece opiniones distintas. Ambos estamos de acuerdo en que los templos que visitamos son algo increíble, así como lo que se observa en su interior. Desde una piedra con un collar de flores a la que adoran y rezan hasta los fervientes cánticos y gritos al destapar la imagen de Lord Krisna en el altar principal. Pero no todo es homogéneo:

La opinión de Ja. La devoción a Krisna es como cualquier otra en esta religión, más o menos multitudinaria, con costumbres y rituales diferentes, tal vez. Lo que diverge radicalmente es la cantidad de iluminados occidentales que deambulan por aquí. Dejando claro que me parece muy bien que cada cual haga lo que quiera, sobre todo cuando adoptan un estilo de vida que no hace ni el más mínimo mal a nadie, la huella de los extranjeros (y del dinero de la Sociedad Internacional por la Conciencia de Krisna que creo tiene su origen en Nueva York) se ve especialmente en este sito. Tal y como nos decía una seguidora de Lord Krisna ecuatoriana, hace 14 años esto era maravilloso, pero ahora todo ha cambiado por el turismo. Da lo mismo que vengas a la playa, a las faldas del Himalaya o a vestirte como Krisna para estar todo el día cantando y bailando en un templo. Arrasamos lentamente con lo que hay de bonito, especialmente, al parecer, en este país, que tanto anda necesitado de mejoras sociales y en el que el impacto del turismo es brutal, generando un circo alrededor de una creencia milenaria, salpicándolo de una esencia que no tiene nada que ver con lo que veíamos en Haridwar, Mathura o en cualquier esquina de este país. Los extranjeros (casi todos, no todos) son los que llevan la cabeza más rapada, el mochete más bonito, los trajes más hindús y cantan más fervientemente. Esto no es la India ni su cultura, esto es lo que hacemos cuando nos gusta mucho un sitio y llegamos en tropel sin que nos importen las consecuencias. Lección que habremos de aprender con el viaje que nos queda por delante.

La opinión de Esther. Llegada a Vrindavan, parece que no hay turistas, ¡que bien! Parece que hemos llegado a un sitio poco turístico, el primero en un mes. Rikshaw y al templo Krisna Valaram, por donde parece que podremos encontrar alguna habitación. ¡Mira, una occidental vestida con un Sari!, ¡Mira, muchas más, y occidentales con ropas indias, pinturas en la cara, coletita y andando descalzos por la mugre! Se nos acerca uno, -Hare Krisna! Sois españoles, yo soy brasileño vivo aquí desde hace 9 años, ¿a qué habéis venido a Vrindavan? os ayudo a buscar habitación y me voy que he quedado con un grupo de españoles.- Se aleja pronunciando extrañas oraciones.

Tras el desconcierto momentáneo, vamos observando que un número significativo de los viandantes son extranjeros, vestidos de forma muy peculiar y que no parece que hayan venido a hacer turismo, algunos de ellos son familias con niños. La ciudad está llena de miembros de la comunidad Hare Krisna, algunos vienen a pasar unas semanas o meses y parece que otros viven aquí, nos encontramos con occidentales que no hablan inglés y sin embargo parecen tener un buen control del hindi. Ya al anochecer visitamos el templo, en el que se perciben unos lujos inusuales. Hemos llegado justo en una celebración importante para ellos y el templo está repleto de Hare Krisnas, cantando, bailando y paseando en procesión portando velas. Se respira un ambiente muy alegre, como hay muchos occidentales es fácil hacer palmas e imitar sus cánticos sin llamar la atención de nadie. Hay gente de todas partes del mundo fieles a esta religión y esta ciudad debe ser para ellos como la cuna de sus creencias, una ciudad realmente sagrada para ellos, ni más ni menos que donde vivió Krisna. Es fácil para mí contagiarme de esa alegría y disfrutar del buen ambiente, la gente parece muy amigable. Fuera de allí, una mujer ecuatoriana nos oyó hablar español y vino a hablar con nosotros. Nos habló de sus visitas a Vrindavan, y de su religión. Quedé atrapada en sus palabras, poniendo toda mi atención en su discurso. No importa el credo o religión, sino la energía y devoción que se pueden percibir en sus palabras, la emoción e ilusión con que son contadas es lo que me fascina. Creo que esta energía es más importante que el contenido de las palabras, energía contagiosa. Creo que deberíamos servirnos de ella para comunicarnos entre los practicantes de distintas religiones y culturas en lugar de invertir el tiempo en intentar convencer al otro de que nuestras creencias son las correctas o mejores que las suyas.

Tras salir de este “paréntesis de monumentos” donde todo el mundo saluda con el Hare Krisna, nos damos un buen pateo matutino, sin desayunar y con las mochilas, hasta coger un rickshaw compartido de vuelta a Mathura, para volver al Taj Express, esta vez con destino a Gwalior, famosa por su fortaleza y más apartada de la zona turística. Tras una jornada de relax, lavando ropa, escribiendo, leyendo y demás, nos dirigimos a ver qué tal es esta fortaleza. La verdad es que, desde la subida por la puerta oeste, con unas impresionantes y gigantes esculturas en la roca, los bellos y antiguos palacios, hasta las murallas y los suntuosos edificios de la puerta oeste, el fuerte de Gwalior ha sido una opción de lo más acertada.

Además, conseguimos estar sin ver a turistas y ¡oh maravilla! ver un palacio sin que nos hagan una sola foto. Aquí aprovechamos para comer bien y muy barato, pasear por el bazar de la antigua ciudad, donde todo el mundo nos mira con curiosidad y descansar, pues la próxima etapa es una de las grandes incertidumbres. Mientras escribo, son las 9.00 de la mañana del sábado 5 de noviembre, Esther duerme y, esta noche, cogemos un tren hacia la polémica Varanassi, de la que tanto nos han contado y tanto ansiamos descubrir y ver qué efecto surte en nosotros.

jueves, 20 de octubre de 2011

Hinduismo, sijismo y budismo tibetano en India

Tras salir de Delhi en busca del Ganges y el Himalaya, llegamos a Haridwar. Hace unos meses nos fascinaron unas imágenes de esta ciudad durante el Kumbh Mela, celebración hindú caracterizada por una masiva afluencia de peregrinos y que se celebra cada doce años de forma rotativa en cuatro ciudades. Esta ciudad a orillas del Ganga (Ganges), es una de las siete ciudades más sagradas para el hinduismo, por lo que miles de personas acuden todos los años durante la yatra a redimir sus pecados en el sagrado río. Esto se traduce en centenares de santones, de todas las ramas y castas. Se pueden ver los personajes más variopintos, desde indios con calzoncillos en la cabeza hasta un aghori (secta que se caracteriza por utilizar cenizas de restos humanos como vestimenta, llevar una calavera como colgante para beber agua y que, en su dieta, incluyen el consumo de carne humana, eso sí, solo de cadáveres).

Cada amanecer y anochecer, varios miles de fieles, se reúnen en el Har-ki-pairi Gath (Gath de la Pisada de Diós), durante el Ganga Aarti, una de las experiencias más sobrecogedoras que jamás hemos vivido. Cantan, dan palmadas y hacen sus abluciones a orillas del río, mientras suenan campanas, cánticos y música, acogiéndonos e invitándonos a participar en su ritual. Todo lo que intentemos contar no puede describir nuestras sensaciones.

Tras Haridwar nos dirigimos a Rishikesh, pequeña y preciosa población encaramada en las laderas de la montaña junto al Ganges, y aquí habremos de permanecer durante dos días más de lo previsto ya que el sistema intestinal de Esther se empeñó en ello. En Rishikesh destaca la afluencia turística, de extranjeros que vienen a practicar yoga o trekking en las faldas del Himalaya pero, sobre todo, de turistas indios. De nuevo desconcierta su actitud. Los prejuicios que nos traemos de casa nos dicen que la religión (la hindú) penetra en todos los niveles de la vida díaria, todo es sagrado de un modo u otro. Efectivamente, encontramos templos, altares, santones, imágenes de deidades y referencias a su culto en todas partes. Una imagen con incienso en cada esquina, una figura de Siva o Ganesh en cada restaurante, hotel, tienda… y, por supuesto, vacas por todos lados caminando a su antojo. Pero la contradicción es lo que nuestros occidentales ojos ven por todas partes. A modo de ejemplo, telenovelas que parecen ridiculizar a sus dioses, indios con su cámara de video en las mismísimas narices de quién celebra un ritual, toneladas de basura en sus sagrados ríos o niños divirtiéndose dándole con la vara en el culo a un grupo de vacas… las excepciones a la sacralidad parecen tan numerosas como los miles de encarnaciones a las que rezar, de cualquiera de las maneras, en cualquier lugar.

El carácter de esta gente se nos escapa de las manos, al menos en lo poco que llevamos aquí, pues no sabemos si la aparente falta de respeto entre ellos y con su entorno es por nuestro concepto de respeto, que no tiene sentido en estas tierras, o si no hay manera de entenderlos porque ni ellos mismos se entienden. Tal vez sea la religión, tal vez el sistema de castas, la superpoblación, Bollywood o el picante, vete tú a saber. Sin embargo nos llama la atención, ante la apariencia bobalicona de los turistas indios que nos rodean (aparentemente castas superiores), la de todos aquellos que día a día nos hacen la comida, limpian los pasillos de los hoteles y recogen la basura (aparentemente castas inferiores), ya que muestran una constante atención, amabilidad y predisposición a ayudar, a pesar del trato recibido por la mayoría de sus compatriotas y nuestra bien conocida pasividad occidental que, una vez más, solo defiende derechos y valores cuando conviene. En este caso no interesa.

Paseando por Chandni Chowk en Vieja Delhi (si acaso se puede llamar paseo al ya comentado ejercicio de malabarismo que supone andar por Delhi), entramos al primer templo Hindú. De camino al Fuerte Rojo nos encontramos un montón de Sijs que se descalzaban, se lavaban manos y pies y, con las palmas de las manos juntas a la altura de sus largas y recogidas barbas, entraban en un templo. En el momento en el que me disponía a sacar la cámara de fotos de la mochila, un anciano sij comienza a gritar algo. Me voy a llevar la primera reprimenda y sin sacar la cámara de la funda… pienso… pero no. Un amable señor nos pide que le acompañemos, nos lleva a una oficina donde nos explican que podemos entrar, dejando las chanclas en la oficina y cubriendo nuestra cabeza con el pañuelo que nos prestan, pudiendo hacer las fotos que queramos y preguntar lo que nos apetezca. También nos dan un folleto en español explicando que es el sijismo. La experiencia dentro del templo, con músicos rezando y cantando pasajes de su libro sagrado, el Guru Granth Sahib es sensacional.

No tardó mucho en llegar Teji, quien nos enseñó el templo, la cocina y el comedor gratuito, siempre abierto para cualquiera, independientemente de su raza y credo. También nos contó las maravillas del Templo Dorado de Amritsar, donde él, como tantos otros sijs, acude de voluntario para trabajar y ayudar en lo que pueda. Tras nuestra estancia en Rishikesh, alejándonos temporalmente del Ganges, cogimos nuestro primer tren hacia el Punjab, tierra de los orgullosos Sijs.

Tras pasar la primera noche en una Guest House, ya que el pabellón de extranjeros estaba lleno, comenzamos nuestra pequeña experiencia en el templo más sagrado de una creencia que se caracteriza, entre otras cosas, por reunir partes del hinduismo y del islam. Su texto sagrado, el Guru Ganth, fue compilado en vida por los diez Gurús que crearon y dieron forma al sijismo. Destacamos algunos aspectos como la negación del sistema de castas hindú y reconociendo a las mujeres como poseedoras de un alma.

Pasar un par de días en el Templo Dorado es una de esas experiencias que siempre perdurarán en la memoria. Desde el cochambroso dormitorio donde dormimos y conocimos a los más variopintos viajeros, viendo como centenares de indios duermen juntos, comiendo en su gigantesco comedor, que funciona las 24 horas del día sin descanso, observando a los sijs orar, limpiar, cuidar, restaurar y, sobre todo, mostrar su orgullo por la maravilla que supone todo el complejo del Templo Dorado. No es para menos. Tras recorrer diversas partes de la ciudad y del templo, contemplar el brillo del Hari Mandir Sahib (hecho de mármol y cubierto, según dicen, por 750 kg. de oro) a distintas horas del día y de la noche y tras relajarnos sentados a la orilla del estanque que rodea este soberbio edificio, dejamos lo mejor para el final. Entras al Hari Mandir Sahib tras recorrer, con centenares de fieles, el puente de los Gurús y, de nuevo, tus emociones se desbordan junto a los cuatro músicos que acompañan al sij que canta-reza los pasajes de su libro sagrado. Decenas de ellos se sientan a orar por las esquinas de este edificio, especialmente en la segunda planta, donde otro sij lee partes del Guru Granth original. Para imaginar lo que sienten aquí deberíamos imaginar cómo se sentiría un musulmán ante una copia original del Corán escrita por Mahoma o un católico ante la Biblia compilada por Jesucristo.

La hospitalidad infinita, el buen carácter que se esconde tras las ceñudas caras, los turbantes y la fiereza de las armas que portan los sijs (lanzas, cuchillos, espadas, hachas…) así como la tolerancia que solo parece tener fin cuando alguien ha consumido alcohol en el templo, hacen de estas gentes la cara más amigable de los indios. Tal vez su ansia secesionista hacia el resto de la India esté justificada, tal vez no, no lo sabemos. Seguramente, como todo en este mundo y sobre todo en estas tierras, tendrá su aspecto negativo, pero nosotros no lo hemos conocido.

Dejando atrás el Punjab, en un autobús conducido, como no, por un sij, podemos afirmar que pasamos más miedo que en ningún otro medio de transporte que jamás hayamos probado. Pero la forma de conducir es la que es y hay que acostumbrarse, a partir de ahora buscaremos siempre los asientos traseros. Rezando a todos los dioses que hemos conocido en este país, nos dirigimos hacia Dharamsala, donde haremos un rápido transbordo hacía McLeod Ganj, sede del Gobierno Tibetano en el exilio.

Ya en el autobús pudimos ver al primer monje tibetano, con su túnica roja y su cabeza rapada, despertando la ansiedad y la alegría de lo que íbamos a ver en este punto del camino. Aun así, cuando llegamos la noche del 21 de octubre, no teníamos ni idea de lo que íbamos a hacer los próximos días. Pues bien, el domingo 23 de octubre de 2011 pasamos casi todo el día en una clase de Religión, Budismo y Meditación. Ahora estaréis pensando que ya se nos ha ido la chapa, pero cambiará vuestro parecer cuando sepáis quien era el profesor. Pues ni más ni menos que Su Santidad, el XIV Dalai Lama, Tenzin Gyatso. Hemos tenido la suerte de poder asistir a sus clases, con traducción al castellano, teniéndolo a unos cincuenta metros.

Ver al Dalai Lama, oírle hablar, bromear y reír, supone otra experiencia donde las emociones vuelven a invadirnos. Pero no es solo por estar delante de él. La llegada a McLeod Ganj supone ver y sentir lo que ya habíamos leído y visto en la tele muchas veces, en especial en la novela de Javier Moro, Las Montañas de Buda. Pensar en la historia que se esconde detrás de cada monje o monja, detrás de cada tibetano y tibetana con quién te cruzas, viendo la realidad de la historia de su pueblo, la destrucción de su cultura, la humillación de ser borrados de la memoria, deja de ser una novela para convertirse en una realidad. Nosotros nos tenemos por personas optimistas, pero imaginarse en el lugar de Tenzin Gyatso, como representante de todo un pueblo que vive en un pedazo de país que no es el suyo, las fotos del Palacio de Potala y Lasha en cada restaurante, los pocos objetos de su pasado que conservan en un museo donde las fotografías de la destrucción de sus templos sobrepasan en mucho a esas cartas, sellos de correos y pasaportes de lo que alguna vez fue un país llamado Tíbet. Pese a todo ello, sorprende ver la esperanza y buen humor que el Dalai Lama trasmite con sus gestos y palabras.
La primera sensación que tenemos cuando nos cruzamos con algún tibetano es que son muy serios, casi parece que les molesta nuestra presencia. Pero solo al devolverles una sonrisa y un sencillo saludo, esa expresión cambia a lo que mejor representa al Tibet, su gente y su líder espiritual, la compasión, la esperanza y, de una forma incomprensible para nosotros, el buen humor, también representado en esas risas pegadizas que intercalaba en su discurso Su Santidad el Dalai Lama.

También hemos pensado en que la visión de la situación del Tíbet en la actualidad y desde que el ejército chino entró en Lhasa para imponer la Revolución Cultural es parcial, no conocemos la versión de China. Todos los que nos conocéis sabéis cuales son nuestras inclinaciones políticas. Pero nunca, nunca jamás, se puede justificar ni una milésima parte de lo que hemos visto. De ningún modo una ideología debería de llegar al extremo de causar el daño a ningún pueblo, a sus creencias y a su legado cultural. Por parcial que sea la visión que hemos obtenido, la realidad de lo que aquí se vislumbra no se puede obviar. En la línea de lo que habíamos escrito sobre la situación social de los indios, derivada del sistema de castas, vemos como el mundo entero da la espalda a un pueblo que ha de conformarse con un recuerdo, un pedazo de tierra al pie del Himalaya. En occidente preferimos vender Coca-Cola a los chinos y comprar sus baratos productos.

Para finalizar esta entrada, nos gustaría señalar algo en común que hemos podido comprobar entre hindús, sijs y budistas, tal vez por su origen común, tal vez por su coexistencia. En todo momento nos han hecho partícipes de sus celebraciones, rituales, oraciones y demás, siempre nos han invitado a entrar en sus templos. El mensaje de tolerancia y aceptación está presente en estas tres religiones o, mejor dicho, culturas, puesto que a diferencia de lo que nosotros conocemos y vivimos como tal, estas creencias están presentes en cada rincón de su existencia, impregnándolo todo y, sin excepción, abiertas a unos viajeros con ganas de conocer y aprender.

sábado, 15 de octubre de 2011

Aclimatándonos en… ¿Delhi?

Pues sí. Tras 18 horas de vuelos y escalas, más los traslados hasta Madrid y el transporte de la capital Española, llegamos a Nueva Delhi. Seguro que hay mil millones de lugares para empezar un viaje, sobre todo si se empieza por India, pero es lo que toca y apetece.

Tras pasar el control de pasaportes, coger el metro y caminar unos veinte minutos entre el tráfico de Delhi, comenzamos la tarea de buscar alojamiento, más rápida y menos agotadora de lo que podíamos imaginar. El primer día fue como una nebulosa. Tras la ducha, la búsqueda de un sitio para comer, el primer talhi comido con los dedos y un esfuerzo bestial por no quedarnos dormidos a las seis de la tarde, logramos aguantar e irnos a dormir a una hora más práctica.

Lo primero que te llama la atención de Delhi son los pitidos de todo cuanto tiene ruedas, algo que te acompaña en todo momento desde las siete de la mañana hasta las doce de la noche. Moverse en esta ciudad es todo un ejercicio de malabarismo. Como si de un videojuego se tratase, esquivas rickshaws, motos, coches, carros, piedras, montones de basura y gentes. Una vez le pillas el tranquillo puede llegar a ser hasta divertido. Las aglomeraciones de gente son espectaculares, pero algo destaca sobre cualquier otra cosa que se haya visto: las colas. Hacen cola para todo, grandes y apretadas colas de indios pueden ser vistas en cualquier rincón de la ciudad, aunque nuestras preferidas son las del metro, tanto en la entrada como en las plataformas antes de subir al tren… Incredible India! Lástima que las fotos estén prohibidas en el interior porque es para verlos.

Por otra parte, lo siempre dicho de Delhi, es una ciudad de grandísimos contrastes. Mansiones junto a un campo de golf (en el centro de la ciudad, nada de las afueras), y familias enteras viviendo en sus inmediaciones con lo puesto. Parques y monumentos grandiosos, con niños trabajando en casi todos los comercios. Avenidas kilométricas y estrechas calles en las que se agolpan centenares de personas pertenecientes a todas las cultur as que habitan este país.

Es un caos monumental, pero una maravillosa mezcolanza de lo viejo y lo nuevo, de grandiosos recuerdos del pasado y pequeños detalles que dejan desconcertado a todo el mundo. Es una ciudad agotadora, la cantidad de estímulos a los que te somete colapsa la mente y te dejas llevar por un ritmo frenético y único.

Como también se dice de Delhi y de toda India, es dura, pues a cada momento observas escenas que en nuestro entorno son inimaginables. La pobreza, el trabajo infantil, las discapacidades y el sistema de castas son omnipresentes.

Sin embargo, para nosotros, los turistas, los que venimos a ver el Taj Majal y a comer pollo tikka, para hacer fotos y pasarlo bien, esto son solo tristes anécdotas, y no encontrando una respuesta apropiada en nuestro repertorio sobre cómo actuar en esta nueva situación, decidimos meter nuestros valores en el bolsillo y, con la vista al frente, continuar nuestro camino. Nos damos cuenta de lo afortunados que somos, y eso que somos conscientes de que aún no hemos asimilado ni una milésima parte de lo que hemos visto. De todos modos aún es pronto, nos queda mucha India por ver y, sobre todo, descubrir como encajar estas experiencias en nuestras vidas.

Y para descansar de una ciudad de más de doce millones de habitantes, con su ruido y ritmo infernal, no hay nada como coger un tren hacia el norte. Nos vamos para Haridwar, para contemplar por primera vez el sagrado Ganges y, en breve, contemplar (aunque sea de lejos) el techo del mundo, nos vamos camino de las faldas del Himalaya.

viernes, 7 de octubre de 2011

Todo llega...

Lunes 3 de octubre de 2011. Terminados de ordenar los papeles y el botiquín, listado de las cuatro tonterías que faltan y subida de pulsaciones. Voy a preparar la mochila, ver que falta y que sobra. Se cuenta por días, pues ya no vale la pena emplear decimales y contar por semanas los que nos falta para irnos…
Jueves 6 de octubre de 2011. Pues no, la mochila la hicimos anoche… los últimos días antes de partir han sido un tanto extraños.  La mezcla de emoción y de tensión, de alegría y de tristeza, nos causa un efecto difícil de identificar. Pero ya estamos en marcha. Lo que hace años eran dos sueños y hace meses una idea, se materializa y el torrente de sensaciones a penas nos deja ser conscientes de lo que está pasando.
La partida es solo una parte del viaje que, realmente comenzó hace tiempo, pero que solo  ahora empieza a ser perceptible. Ya no pensamos en irnos, pensamos en el viaje, en el camino, en lo que nos espera por delante, pero también en todo lo que se queda. Os echaremos mucho de menos, más aún a quién aún no conocemos y no sabemos cuándo vamos a conocer.
Os seguiremos contando mil historias, pero hasta entonces, gracias a todo el mundo que nos ha ayudado, pues todos formáis parte de esto y de todos vosotros nos llevamos algo. Os echaremos de menos.

Gracias a tod@s


martes, 9 de agosto de 2011

Un día te levantas, vas a trabajar, vuelves a casa y confirmas un vuelo de “solo ida” a Delhí. El viaje ha empezado.
Y digo que ha empezado y es que las semanas van pasando y haces el esfuerzo por no caer en la más absoluta de las desidias esperando a que empiece el mogollón, como si todo fuese relativo. Y es que casi todo lo es. Las frases como “...ahora no vamos a plantar un árbol por que nos vamos en x meses...”, “...paso de empezar esto porque total, nos vamos ahora mismo... ya lo hacemos a la vuelta...”. Todo va girando, cada vez más, sobre el hecho de perdernos durante un tiempo en Asia. Nombres como Calcuta, Bangkok, Java, Ganges, Hanoi, Sumatra empiezan a ocupar neuronas, los preparativos empiezan y empiezas a organizarlo todo mientras algo se va apoderando de ti. Posiblemente los movimientos intestinales fruto de los nervios o de que nuestro sistema digestivo sabe lo que está por llegar y empieza a quejarse antes de retorcerse sobre si mismo y curarse en picante.
Con una idea del recorrido, con infinidad de cosas rondando la cabeza y una mezcla de ansia y expectación van pasando los últimos días antes de nuestro viaje, el primero que sabemos cuando y como empieza, pero no como y cuando va a terminar... hasta entonces, os echaremos de menos, amigos, familia y embutidos. Así que esperamos poder despedirnos como es debido de todos y cada uno.

Punto 0: Rancho Coves, Matola