miércoles, 13 de junio de 2012

Hello Mister!

 
Como nuestros más avispados seguidores habrán adivinado, nuestras entradas en cada nuevo país son el saludo en la lengua local. Teníamos dudas sobre como empezar nuestra historia en Indonesia, puesto que el idioma es el mismo que en Malasya, el bahasa. Pero todo quedó claro al poco tiempo de pisar estas tierras, todo el mundo, seas hombre o mujer, te grita un “hello mister!” cuando se cruza contigo por la calle. Y es que la pauta en este país la marca, desde el primer día, la relación con la gente. Lástima que hablen poco inglés y no se pueda profundizar más. O casi nunca se pueda…

El principio fue en un barco, tras la lenta salida de la frontera malaya, donde un indonesio de lo más majo, nos acompaña hasta la rápida entrada en Nunukan, donde ven nuestra visa y nos sellan sin más preámbulo. Nuestro colega nos sube a un taxi, nos lleva a un cajero y nos consigue un par de plazas en un bote, incómodo y caro como pocos, para que podamos llegar a Tarakan. ¿Por qué tanta prisa por llegar a Tarakan?, porque a diferencia de cualquier otra llegada, alguien nos espera. Habíamos intentado un nuevo experimento en Filipinas, pero lo hicimos mal, también en Malaysia, pero no nos respondieron bien. Pero en Indonesia si. Nos metimos en el Couchsurfing, para conocer a gente y para buscar alojamientos en casas de locales. Y este es nuestro primer capítulo en Indonesia. El resultado fue que Masthuri, junto con Melinda, su prima, vino a recogernos al puerto, nos llevó a su casa, donde nos duchamos, cenamos y después nos llevaron a tomarnos un zumito de avocado con un pastelito en un parque de lo más agradable. Pero el llegar a casa de una indonesia al comenzar un país implica mucho más.

IMG_9216El “choque cultural” tras los meses y los distintos países, se minimiza mucho. Tras la India también. Pero llegar directamente a la casa de una familia tradicional indonesia impacta. Apreciamos las diferencias, explícitas (como saludar sin dar la mano al sexo opuesto o sus ropas) y sutiles, como las pequeñas y cotidianas diferencias entre hombres y mujeres, las costumbres a la hora de comer y, en general, todo el estilo de vida. Un par de días con Uri, su prima y su familia nos introducen en el país y nos ofrecen curiosas experiencias como ir con las dos jóvenes a un karaoke, donde Uri, con su tradicional vestimenta, canta apasionadamente los últimos éxitos pop europeos. En resumidas cuentas, la primera experiencia con el Couchsurfing es de lo más interesante y nos damos cuenta que aprendemos más de la gente en un par de días que en una semana viajando por nuestra cuenta, además asimilamos de forma distinta, ya que nos implicamos más y tenemos más confianza para preguntar sobre costumbres, el idioma y demás. Además seguimos desmontando nuestros esquemas sobre el mundo musulmán.

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Cuando se cumple un sueño

Uno de los principales motivos por los que habíamos venido a Kalimantan, el Borneo indonesio, era para ir a Palau Derawan (palau es isla en bahasa indonesia). Y el principal motivo por el que decidimos ir a Derawan, a pesar de lo difícil y costoso del transporte hasta esa isla, era porque nos habían dicho que allí desovaban tortugas y no era una atracción turística. Ver a una tortuga poner los huevos, fuera del agua, era algo que habíamos planteado como objetivo prioritario en el viaje. Llegando a la isla nos preguntamos si tendríamos suerte y podríamos verlo o si pasarían los días sin que ninguna tortuga apareciese por las playas. Hablábamos de como pasar noches en vela, de esperar que alguien nos ayudase a localizarlas y sobre que pasaría si pasaban los días y no cumplíamos este objetivo tan anhelado.

Conseguimos una habitación en una casa, descubrimos una playa enorme y solitaria, preguntamos por los sitos para hacer snorkel y por el buceo en los puntos cercanos. Descartamos bucear por lo caro del bote a los puntos. Sabemos que hay mantas raya pero también las hay en otras partes que visitaremos. Preguntamos por la gente que lleva la protección de las tortugas, puesto que no hay oficina ni nada parecido y, tras un par de conversaciones, tras anochecer, nos vamos en busca de Udin. Un tipo bajito con mochila y con linterna. No parece difícil encontrarlo. Vamos a buscarlo para preguntarle y ver si podemos ir a algún punto estratégico en la playa. Nos perdemos entre resorts, a oscuras, sin encontrar la playa. Al final dejamos atrás las construcciones de madera y llegamos a la playa, con la única luz del teléfono móvil-linterna. Vamos por al orilla pues suponemos que por allí andará el tal Udin. Vamos en silencio y buscando a este hombre, o una luz. De repente unas marcas en la arena. Javi piensa que podrían ser de una tortuga, pero nunca hemos visto las marcas. Pasamos pero algo le dice a Javi que no cuesta nada seguir las marcas. No damos ni diez pasos cuando aparece un agujero y, en el centro, una pedazo de tortuga de más de un metro escarbando. Javi petrificado y Esther susurrando a gritos que apague la luz. Nos damos la vuelta, rodeamos a la tortuga y nos ponemos a unos siete u ocho metros de distancia y asimilando que, sin apenas ser conscientes de ello, estamos oyendo como la gran tortuga verde quita arena con sus patas delanteras. Como ya nos ha pasado otras veces al escribir en el blog, describir la emoción que sentimos nos parece imposible. Ya nos conocéis y os lo podéis imaginar. IMG_3298A los pocos minutos aparece el tal Udin, nos dice que nos pongamos más lejos, que cuando empiece a desovar podremos acercarnos y hacer fotos y todo eso, pero hasta que empiece a poner los huevos puede asustarse y volver al mar sin desovar. Lo mejor de todo es que nos dice que hay un nido de huevos que va a abrirse en unos minutos. Nuestra creencia es que esas cosas pasan cuando pasan, pero esta gente lleva mucho tiempo y más o menos parece que controla estas cosas. Nos cuenta que el día anterior desovaron dos tortugas cerca de donde estamos, nos enseña los agujeros. Vamos hacia una cabaña cercana y vemos que empieza a mirar con la linterna debajo (están construidas medio metro por encima del suelo y sostenidas por pequeños pilares de madera, como los hórreos gallegos). Empezamos a imitar a Udin con la linterna del teléfono y, ante nuestros ojos como platos y bocas como trapas, una pequeña tortuga de poco más de cinco centímetros empieza a corretear como una loca. Udin la coge y la pone en un cubo, comienza a escarbar con un cacho de coco y las tortugas recién nacidas empiezan a salir y corretear.IMG_9280 Antes de poder cerrar la boca para sujetar el teléfono estamos cogiendo a las pequeñas para meterlas en el cubo. Hasta bien pasado un rato, tras llegar a la habitación y relajarnos no fuimos totalmente conscientes de haber encontrado una tortuga, ver a las recién nacidas como salían de la tierra, llevarlas a la orilla del mar, ver como la tortuga que habíamos visto pone los huevos, tapa el agujero y regresa al mar. Hasta bien pasado un rato, tras llegar a la habitación, no fuimos conscientes de que un sueño se puede cumplir cuando menos te lo esperas. En el viaje somos felices casi todo el tiempo, una felicidad tranquila, exótica, distinta a la rutinaria en los buenos momentos. Pero tan solo en estos momentos, cuando algo que hemos deseado, soñado y esperado sin saber si se va a cumplir, sucede. Asimilamos que, durante unos momentos hemos llegado a ese estado que nos transforma en un ser feliz, en un niño que no ve, por no necesitarlo, más allá de lo que en ese momento le ocupa, sin ansiar ni esperar nada más, puesto que no se puede.

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La otra cara de la moneda

IMG_9612No es la infelicidad ni la desdicha, por suerte. Las noches en Derawan eran pura vida. Durante cinco noches disfrutamos viendo el proceso por el que las tortugas comienzan a vivir. Vimos tortugas salir del agua (por su aún se podía pedir más), vimos más tortugas desovar y regresar exhaustas al mar, tras horas escavando en la arena. Vimos a las pequeñas salir de sus nidos y las acompañamos en su primer contacto con su medio, sabiendo que dentro de unos 20 años volverán a esas playas, solo unas pocas de ellas, a continuar luchando por la supervivencia de su dañada especie. Pero durante el día vimos la otra cara de Derawan. Tortugas disecadas como suvenires en las tiendas, anuncios de resorts con un par de jóvenes indonesios subidos encima de una tortuga en la playa, a un local sacar a una tortuga de poco más de dos palmos, dejarla boca abajo en la calle (suponemos para matarla y disecarla) y a los niños jugar con ella con palito. Vimos toneladas de basura entre corales. Y la indiferencia de todos, salvo de Udin y su compañero, que poco pueden hacer más que esconder los huevos y asegurarse que las pequeñas lleguen al mar, aunque como también pudimos ver, a veces se desorientan con las luces de los resorts volviendo a la playa para servir de alimento a los cangrejos (un par de horas nos pasamos sacando tortugas de todas partes, algunas dañadas, para devolverlas al agua).

En los últimos meses, rebuscando entre las diversas culturas que hemos conocido, nos hemos encontrado con la vida y la muerte. De la forma más cotidiana e impactante en Varanasi, de la forma más extraña en las tumbas colgadas de Sagada. Hemos visto cementerios chinos, cristianos, musulmanes y otros de distintos credos. Hemos visto como la gente se despide de sus seres queridos en casi todos los países que hemos visitado. Pero nada de eso nos sirve para comprender como se puede dañar a una criatura tan indefensa, con la única intención de vender un suvenir o captar a turistas, pues en esta isla es evidente que no necesitan estas cosas para sobrevivir, puesto que su negocio es el turismo y a más tortugas (nadando en el agua y desovando en sus playas) mejor. Igual que otras especies protegidas, su protección se termina en una mesa con un precio. Y nadie hace nada por evitarlo. IMG_9609Es evidente que Derawan muere, su coral está muriendo y sus inconscientes gentes están siendo los culpables. Matan a sus tortugas y tan solo hay dos personas, con una linterna medio rota y un cacho de coco para escarbar, que hacen lo que pueden, pues por su expresión parece que bastante les cuesta ya evitar que cojan huevos y tortugas pequeñas (también las vimos en una tienda para ser vendidas), como para luchar con todos sus vecinos y los acaudalados dueños de los resorts, incapaces de apagar la bombilla de una cabaña destartalada y evitar la muerte de tortugas que, en caso de que sobrevivan, tal vez no puedan regresar a esta isla a desovar, pues la basura y la muerte de la vida es el único destino que parece viable en este lugar. Si nadie hace nada por evitarlo.
 

Las largas y extrañas transiciones indonesias

Salimos de Derawan. Y salimos felices, por nosotros, no por el futuro de este pequeño paraíso. Disfrutamos más allá de lo imaginable de las tortugas, también nadando con ellas, y del coral que queda y los peces de colores. Sus gentes amables y simpáticas, fuera de su indiferencia hacia las tortugas, son encantadoras. Volvimos a Tarakan, con Uri y su familia, ahora más IMG_9653acomodados y disfrutando más de la experiencia. Esther se luce con la tortilla de patatas y Uri nos deleita con unos cuantos platos típicos, una gozada, sobre todo porque la comida en indonesia es, sin miedo a error en la descripción, una mierda. Compramos pasta de dientes, jabón y papel higiénico, sacamos dinero de los cajeros y nos preparamos para dejar Borneo. Toca enfrentarse al primer ferry indonesio durante una noche. Clase económica por supuesto. Pero teníamos un comodín.

De Tarakan nos dirigimos a Toli-Toli, en la isla de Sulawesi, para después buscar un puerto desde el que llegar a las paradisiacas (o eso esperamos) islas Togian. El comodín en cuestión es la madre de la prima de Uri. Melinda y su madre van a visitar a su hermana-hija en el centro de Sulawesi y cogen el mismo barco. La ventaja consiste en que llevan mil paquetes y han pagado a porteadores para que se los suban al barco, por lo que, mientras nosotros, Melinda y Uri, esperamos en el puerto, su madre lo organiza todo.


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Al rato, sin empujones ni incomodidades, llama a su hija y le dice donde está nuestro hueco para dormir. El barco es una mezcla de zoco y campo de refugiados, donde el calor insoportable, la música, la suciedad, las cucarachas y el humo de los cigarros ocultan cualquier cosa buena que pueda tener, si la tiene. Nos preparamos para una noche de esas memorables, que le vamos a hacer, haber elegido un crucero por los fiordos, ¿no querías Indonesia?, pues toma dos tazas majete. Pero bueno, los “vecinos” son simpáticos y la madre de Melinda, esa señora con pañuelo y vestimenta tradicional, cara redonda y alegre que con dos gestos y un grito pone firme hasta al capitán del barco, nos invita a cenar. Esther se pone ciega a gambas. Javi, noodless y arroz, para variar. El contraste lo pone el salón donde hay espectáculo de música, con aire acondicionado, mesitas, sofás y prohibición de fumar. Pasas del campo de refugiados a Vacaciones en el Mar atravesando un pasillo. El punto definitivo lo pone de nuevo la madre de Melinda cuando dice: “he comprado un camarote porque ahí abajo hace mucho calor y no puedo dormir, así que os venís a dormir que allí hay aire acondicionado”.IMG_3333 Y dejamos a nuestros vecinos y nos fuimos, con las esterillas del barco, al camarote, donde dormimos tranquilos hasta que a las cinco, si, a las cinco de la mañana, enchufaron el karaoke a un volumen que molestaría a cualquier europeo, a cualquier hora, a menos de un kilómetro de distancia. ¡La madre que los parió! Y después de desayunar llegamos a Toli-Toli, dejando a Melinda preocupada por nuestro futuro inmediato. Mira que les hemos dicho que llevamos ocho meses dando tumbos, pero bueno, nos han tratado como a hijos y nos han cuidado como a cachorros. Que bien se viaja así…

Y de nuevo estábamos solos. Por comparar, moverse por Indonesia se puede parecer a Filipinas. Tienes que combinar buses y diversos trastos con ferris y barcos para desplazarte entre islas. Pero en Filipinas, al menos, llegabas a un puerto o terminal de buses y encontrabas la información, además de poder comunicarte en inglés. Aquí ni de coña. Llegamos a Toli-Toli y nadie sabe si hay bus a Gorontalo, si sale de la terminal, ni nada de nada. Comenzamos a caminar bajo el sol, cargados y sudorosos y contrastando información con la gente que nos vamos encontrando. Vamos a al terminal y ya veremos que pasa. Pero hay sorpresa. Esther pregunta a un chico, que resulta habla perfectamente inglés y nos dice que nos lleva a la terminal, que va para allá. Resultó ser mentira. Nos llevó porque le apetecía. Su madre, dueña de una tienda, nos rellena la botella de agua fría y el chaval nos lleva a la terminal. No hay bus, pero hay coches compartidos que salen a las cinco de la tarde y tardan ni más ni menos que trece horas. Compramos nuestros asientos y nuestro nuevo colega, Teo, nos invita a comer en su casa. Comemos bien y después nos lleva a conocer la ciudad. Mala suerte haber comprado los billetes porque Teo nos ofrece llevarnos a las islas cercanas a hacer snorkel. Dice que son geniales y que no hay nada. Mala suerte no haber podido aprovechar una oportunidad o buena suerte que se quede todo en un, tal vez en otra ocasión. Nunca lo sabremos. El caso es que nos ayudó y nos brindó una de esas experiencias que no te esperas y, por ello, son geniales.

Se acaba lo bueno y llega la hora de subirse al coche, en la parte trasera, junto con un subwoofer y las miradas curiosas y divertidas de todos los que nos cruzamos, ante los gritos del conductor de ¡mister!, mientras nos señala. IMG_9657Paramos veinte veces antes de salir de la ciudad y en todas estas paradas nos convertimos en el centro de atención. Igual que en el barco y en casi todas partes, nos hacemos fotos con la gente, intercambiamos nuestras cuatro palabras en bahasa indonesia y hablamos del Real Madrid, del Barça y de los pilotos españoles de MotoGP. Finalmente salimos de la ciudad y comienza la tortura. Un camino de mierda, con música de esa que evitamos en casa a toda costa, pero a toda hostia. Muchas horas incomodas dando saltos en el asiento trasero y maldiciendo los altavoces. Todo lo simpático que llega a ser el conductor no compensa la pesadilla de viaje. Hacemos noche en Gorontalo y cogemos otro barco nocturno, más limpio pero muy caluroso y con las omnipresentes mini-cucarachas.
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Welcome to the paradise!

Si confusos son los transportes entre ciudades e islas grandes, que decir de la forma de llegar a las pequeñas Togian. El objetivo, Bolilanga Island, recomendado por nuestros amigos Andreu y Montse. El precio es más caro del que queríamos pagar, hay sitios más baratos, pero Bolilanga cuenta con un atractivo al que no nos podemos negar. No hay nadie en la isla y, por tres días, fuimos los amos y señores de este IMG_9709pequeño pedazo de tierra, lleno de selva, bordeado por tres playas de arena blanca y rodeado por un arrecife de coral. Solo para nosotros. Y durante unas horas, ni tan solo el personal (pues tenían una boda) en los poco más de dos kilómetros cuadrado que debe tener el islote. Lástima que el tiempo y la comida no acompañasen, aunque un par de sofás y la tranquilidad de estar a nuestras anchas en un sitio tan idílico nos harán recordar de por vida la sensación de tener un pedazo de paraíso para nosotros.
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Puesto que la comida nos dejaba un poco cabreados, decidimos partir y buscar otra playa en otra isla cercana. Malengue, que en el lenguaje local significa algo así como perezoso o vago, va a ser el lugar de partida. Llegamos tras una hora en un barco. Sifa, la simpática manager de Sifa Cottages, nos promete buena comida a un precio más que razonable. Una hora más en un pequeño bote y llegamos a otra isla. No nos acordamos del nombre, ni del día de la semana, ni nos molestamos en mirar el reló. Ruth, de Tenerife, nos esperaba (la conocimos en uno de los barcos de las Togian), junto con una pareja de alemanes, Mark y Renata, y Andy, londinense nacido en Taiwan. IMG_9875Y de nuevo llegamos a ese ritmo que consiste en levantarte por la mañana, coger la máscara e ir a buscar los pequeños tiburones que hay cerca de la increíble playa. Leer en la hamaca, tomar otro té y volver al agua. Comer, charlar con la gente y volver a la hamaca. Ocho días de idílico paraíso, entre palmeras y risas, momentos de desidia y lectura. Tiempo para contemplar los tonos de azul del agua, el verde de la selva que nos rodea, nuestros pensamientos pasar, divagar y perderse como nos hemos perdido nosotros en este lugar, sin electricidad, ni antenas de telefonía móvil, ni nada de nada, tan solo tiempo buena gente, tranquilidad y ausencia de tiempo.
Cuesta llegar aquí y, precisamente por ello, este lugar es el paraíso. Poca gente y paisajes de islas de ensueño, playas blancas con palmeras y corales bajo el mar. Todas las playas que habíamos visitado podrían tener algún fallo si te pones quisquilloso, este es perfecta. Bueno, una cosa se le puede achacar. Una maldita estrella de mar, de las que tienen pinchos y se comen el coral, que se puso debajo del pie de Javi en un instante de relax en la playa. Nada que no se cure con un poco de Betadine y agua caliente. Pero la culpa no es de la playa claro.
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Partimos de nuevo a Gorontalo. Una hora en bote, cinco en ferry y tres en coche. Toca volver a la civilización y hablar con la familia, que echamos de menos ver a nuestra sobrina.

domingo, 27 de mayo de 2012

Seramat datang!


Seramat datang es lo primero que puedes leer cuando lleguas a Malaysia y, una policía con uniforme y un pañuelo cubriéndole la cabeza te estampa el sello que te permite estar tres meses aquí. Llegamos al aeropuerto de Kota Kinabalu, la capital de Sabah, la provincia occidental del Borneo malayo. Por primera vez en el viaje, con una visión distinta cada uno. No por las expectativas, ni por las apetencias o los problemas gastrointestinales, si no porque Esther ya ha visitado estas tierras y no todo es nuevo. Es una ventaja conocer por donde están los hoteles, si hay o no autobús desde el aeropuerto y todas esas cosas cuando llegas a un nuevo país.

Tras andar un buen ratito hasta llegar al autobús, pues mala suerte para nosotros porque es muy tarde y el que entra al aeropuerto ya no va a venir, llegamos a la zona de hoteles. Lo primero que notas al llegar a Malaysia es la sensación de haber salido de un país menos desarrollado y haber llegado de nuevo al primer mundo. Los coches, las calles, las carreteras, las vestimentas, todo es como en un país europeo… bueno, las vestimentas no, pues llama muchísimo la atención el velo que cubre la cabeza de las mujeres. El caso es que esta prenda, tan polemizada en Europa, aquí no tiene mayor importancia que ir a juego con el bolso y los zapatos, siendo evidente que es una cuestión de elección personal. Hay mujeres con el pañuelo, otras sin él, otras con el pañuelo y unos pantalones elásticos, zapatos de tacón y maquilladas… en fin, que si alguien cree que este pañuelo es una pieza de la maldad machista y la mezquindad musulmana o cosas así, que se de una vuelta por Malaysia para cambiar el chip.

En fin, que lo de siempre, busca hotel y a cenar que andamos con un hambre espantosa, menos mal que aquí ya no cierran a las siete como en Filipinas. Cenamos sopa con cachos de cerdo. Y eso que creíamos que al llegar a un país musulmán se acabaría el porcino… otro tópico a la basura. Otra evidencia es el mezclote de gentes, creencias y demás, porque hemos visto tantos templos chinos, iglesias y referencias al budismo como mezquitas. También abunda una mezcla de cocina filipina, india, tailandesa… aquí caben todos parece ser. El único problema es identificar a los/as malayos/as, sus costumbres, su cocina, etc.

Y en Kota Kinabalu permanecemos durante una semana. Dos noches en una Guest House acogedora para trasladarnos a la que habitó Esther en su primera visita. ¿Es muy bonita esta ciudad? Pensaréis. Pues no, es tranquila, no es muy grande, pero no tiene nada de especial. Pero tras tanto tiempo viajando, llegar a un sitio con internet y Consulado de Indonesia nos facilita nuestra única tarea: planificar el resto del viaje. Así que los días pasaron comiendo, buscando vuelos, haciendo visitas al consulado, fotocopias y demás. Tras esta parada técnica empieza de nuevo el movimiento y con muchas más ganas tras estar encerrados durante tantos días de poca actividad.

El destino, la otra provincia malaya en la isla de Borneo, Sarawak, concretamente un lugar del que Esther llevaba tiempo hablando, las Niah Caves. Vuelo interno con poco equipaje, autobús urbano, otro bus y otro más hasta el cruce desde donde andaremos hasta el Niah National Park. Tres kilómetros a pata y llegamos. Pues no, maldita Lonely Planet, menos mal que la llevamos en pdf y no nos hemos gastado el dinero en ella, pues son quince los kilómetros que nos separan del parque. Estos pequeños inconvenientes eran un problema hace unos meses. Ahora te ríes y empiezas a caminar, pero por el lado contrario de la carretera, sacando el dedico hasta que un todoterreno para y te subes, te lleva al pueblo, se han pasado de nuestra parada, vuelves andando con el dedico mirando para arriba hasta que una señorita con pañuelo y coche con aire acondicionado te para y te lleva hasta el parque. No, no es la primera vez que hacemos autostop, si la primera en Malaysia, cuesta un poco más que en Filipinas pero funciona más que bien, nos gustaría poder comparar con cualquier país europeo, sobre todo saber cuantos ingleses recogerían a un par de asiáticos en mitad de la nada.


Cruzando la eterna oscuridad de Moria

Para los no seguidores del poco masculino Frodo y sus colegas, Moria es una mina, una cueva gigante, como las Niah Caves, solo que en las nuestras no hay seres malignos que nos disparen flechas o nos arrastren al abismo. Solo murciélagos, con el consecuente guano, y los vencejos, con sus nidos que aquí sirven para hacer sopa. Al guano lo llaman oro negro, pero lo que realmente tiene valor, económico, son los nidos de los vencejos. Esto deriva en que algunos locales trepen entre los agujeros, las paredes y unas más que precarias estructuras de bambú o madera (bueno, cuando decimos estructuras nos referimos a un palo, un único palo que lleva a esta gente a estar colgado, solo con sus extremidades, a más de 60 metros de altura), para conseguir los nidos. Nuestra aventura en el gran agujero empieza antes, caminando por una pasarela en mitad de la selva. Pero una de esas selvas de verdad, de las de las pelis, con lianas, monos, bichos, fango, árboles con raíces gigantes, mosquitos que no falten, etc. Esther había hablado de las dimensiones, pero Javi no se podía imaginar el tamaño de la cueva hasta que llegó a su entrada. Pasamos de describirlo o compararlo, no tiene sentido, basta con decir que es enorme… Enorme y antigua, pues este sitio es de esos que tiene la cualidad de llevarte a otra época. Aquí tienes la sensación de haberte pasado tres pueblos con el viaje en el tiempo y haber llegado a esa época en la que la gente hacia fuego con dos piedras, cazaba bichos gigantes y se comunicaba con gorjeos y gruñidos y, de eso se trata, pues los restos arqueológicos encontrados son de esos que llevan tantos dígitos antes del A.C. que no los puedes memorizar.

Javi se asombra de que, a pesar de que Esther no se acordaba como llegó a las cuevas la otra vez, recuerda a la perfección cada agujero en los que se metió en su anterior visita. Mejor que un guía vamos. Y así pasan las horas, entrando por agujeros ya explorados por Esther y otros nuevos, pringándonos de guano y disfrutando como niños en el parque o cerditos en su pocilga, pero bajo las paredes y los techos de roca de este enorme lugar, esquivando murciélagos y parando en la oscuridad o asombrándonos con los efectos de la luz que entra por las aperturas de la cueva.

Y pasaron dos días más, entrando en la cueva y paseando por la jungla, buscando monos y esquivando mosquitos, disfrutando de la tranquilidad de este lugar, privilegiando en nuestra opinión porque cerca hay otra cueva más famosa y más turística, por lo que aquí viene poca gente y por poco tiempo. Somos los señores de Moria. Pero todo tiene su contrapartida, el restaurante es una basura y si alguna vez hemos comido poco, ha sido aquí, nada exagerado, volvemos a Kota Kinabalu, tras comer como cochinillos y, por supuesto, parando a un coche bajo el duro monzón que nos dejó en la puerta del autobús. Si hay algo que mola más que viajar, es viajar gratis.







Esto no es lo nuestro

Y tras regresar a Kota Kinabalu y darle mil vueltas, decidimos hacer el típico safari a la selva en busca de animales, en especial del Orangután, ya que solo vive en Borneo y en Sumatra. No os vamos a dar detalles de nuestros próximos pasos ahora pero os adelantamos que a Sumatra no iremos, aunque nos gustaría, porque el mundo es infinito y nuestro tiempo y, por desgracia nuestro dinero, no lo son. Como todo en Sabah, es caro, pero bueno, no hemos hecho esto en todo el viaje y, joder, hay que tratar de ver orangutanes en libertad, además de muchos más bichos, como el Proboscis, los elefantes pigmeos, los cocodrilos, los pajarracos grandes y de colores, etc.


Así que soltamos unos cuantos ringgis y tras un madrugón de los buenos, atravesamos las faldas del monte Kinabalú, un mazacote de más de cuatro mil metros al que nos habría gustado subir de no ser por lo que te cobran. Y es que hay muchas y muy bonitas montañas en el mundo a las que subir sin pagar. Llegamos a un punto donde empezamos a hacer el guiri. Nos recogen en bus, nos llevan al campamento, donde nos reciben con un zumo, nos dicen donde está el bufet para las comidas… en fin, todo hecho para los próximos dos días. Que si trekking nocturno, paseos en barca a buscar bichos y demás. Mucho guiri, mucha comida, café y galletitas, que bien que bien… Pero como nos suele pasar en estos casos, algo nos falla, y los orangutanes se ocultaron a nuestra vista, así como los elefantes pigmeos. Disfrutamos al principio de los proboscis monkeys, de los macacos enormes, de los increíblemente bonitos pájaros, pero nos ansiamos al ver que pasaban las actividades y no aparecía el orangután. Mala suerte, mala conexión con estos sitios, lo que sea, pero es que cuando vamos solos nos hinchamos a ver cosas, el fondo del mar se nos ha abierto como a Moises para ver todo lo que se mueve, pero sobre la tierra, de forma organizada, no nos salen las cosas. Bueno, el orangután es el primer bicho que se nos escapa, algún día lo veremos, como a los hipopótamos que no vimos en Senegal…


Quiero ser más Pro

Y también poder bajar a más de 18 mts. de profundidad, entrar en barcos hundidos, bucear de noche… en fin, que ya lo teníamos en mente, en Filipinas nos habría venido muy bien, y aquí encontramos precios muy buenos. Nos vamos a hacer el Advance Open Water para poder hacer más el friki submarino y también para hacernos unas cuantas inmersiones aquí… que nos han dicho que hay tortugas…. Bueno, no nos lo han dicho, Esther ya las vio, así que volvemos a Semporna, buscamos escuela y nos vamos un par de días a Mabul para hacer el curso.

Nuestro instructor, Cesar, un simpático peruano, no se preocupa demasiado por la formación y se dedica a dejarnos hacer y ver lo que queremos tras cuatro ejercicios mínimos. Los libros que nos dan de PADI tampoco te dejan la sensación de que aprendas mucho más. Nos acordamos de nuestro amigo Amado cuando decía que PADI significaba Putt Another Dollar In. y Javi de lo que se lo curro el personal de IH Asia en su Open Water. En fin, que mejoramos mucho nuestra flotabilidad, a bucear se aprende buceando. Pero más, volviendo a nuestra nueva afición por ver pescaditos, flipamos con el tamaño de los que hay aquí, el coral no es gran cosa comparado con lo que hemos visto en Filipinas, pero la cantidad y el tamaño de los peces es brutal. Destacamos en estas inmersiones a bichos raros como el stonefish, el crocodrile fish o los frogfish. Volvemos a flipar con las tortugas, al verlas dormir en la inmersión nocturna y, sobre todo, los minutos que pasamos tumbados en el fondo, sobre la arena, a medio metro de una tortuga verde de cerca de un metro y medio, a la que no le importó lo más mínimo que compartiésemos un ratito de su descanso. Nos metimos en un pecio destartalado y disfrutamos mucho de las inmersiones. Comemos mucho, bebemos mucha agua y nos olvidamos de la cerveza, bueno, la dinámica malaya…


¿De vuelta al paraíso?

Un poquito de Mabul. La isla donde nos alojamos una noche y alrededor de la que hacemos las 5 inmersiones del curso. Para mí, Esther, es la segunda vez que piso esta isla. Hace dos años y medio pasé aquí 3 días y me quedé con ganas de más. Isla tranquila, gente agradable y paisajes de paraíso. Playas de arena blanca con buenos puntos de snorkel.
 


No quería volver porque sabía que me decepcionaría, ya había visto en las fotos los super resorts que han montado encima del agua, seguro que ya no iba a ser esa isla tranquila. Y las expectativas se cumplieron. Ahora la isla está llena de resorts construidos justo al lado de las más que humildes casas de los refugiados filipinos que viven en la isla. El contraste es brutal. Hace tres años no se puede decir que las playas estuviesen limpias, pero ahora se parecen más a un vertedero, con plásticos por todas partes. En los mismos resorts donde están los turistas que vamos a bucear para disfrutar de la vida marina puedes encontrar a los pescadores en sus barcas vendiendo todo tipo de ser viviente que hayan encontrado en el mar a los turistas chinos que no son muy selectos a la hora de decidir qué echarse en la boca. Puedes gastarte gran parte del dinero de tus vacaciones en bucear en Mabul y encontrar especies marinas que ni sabes que existen, no en el fondo del mar sino en la barca de los pescadores. Pero lo que no puedes escuchar desde el resort ni desde las barcazas de los pescadores es el sonido de la pólvora; a 15 metros de profundidad junto a la isla de Kapalai, sí. Se oyen fuertes sonidos, como si algo muy pesado estuviese cayendo o como si nos estuviesen bombardeando, me asusto, miro a mi alrededor y veo que nuestro instructor ni se inmuta, así que continuo como si nada, debe ser normal. Una vez fuera del agua pregunto y averiguo que los ruidos los producen los pescadores al pescar con dinamita. Por supuesto que este tipo de pesca está prohibida porque se carga a todo lo que hay alrededor, toda la vida marina sin hacer ningún tipo de distinción y todo el coral. Pero estas prácticas son habituales y nadie hace nada por impedirlo, existe la ley que lo prohíbe pero se sigue pescando con dinamita con total impunidad. No creo que le quede mucha vida a este pequeño paraíso. Y 3 líneas me bastan para hablar de Kapalai, que en realidad no es una isla, sino un bonito resort construido encima de un arrecife de coral. Si tienes el dinero suficiente puedes conseguir el permiso para violar cualquier ley que proteja estos espacios naturales.







Nuestros planes para el verano

Terminamos el curso y volvemos a Semporna, donde esperamos un día más para recoger ropas sucias de la lavandería, seguir comiendo y organizar nuestro asalto a Indonesia. No podemos entrar antes del día 18 puesto que nuestro visado es de 60 días y el vuelo de salida lo tenemos el 16 de julio, para asegurar que no nos pasamos entraremos el 19 de mayo, que los indonesios meten al talego a los guiris que se pasan con la visa y no queremos contar historias para no dormir.

Hemos usado y abusado del misterio sobre nuestro itinerario, pero bueno, no vamos a seguir con esa dinámica. Los días en Kota Kinabalu los usamos para planificar y comprar vuelos. La historia quedó así: el 19 de mayo entramos a Indonesia, en Kalimantan, su parte en Borneo, para ir a una pequeña isla llamada Palau Derawan. De ahí pasaremos a Sulawesi, a seguir buscando playas chulas y buen snorkel, buceo y demás. De ahí saldremos a Kuala Lumpur, en Malaysia peninsular, el 16 de julio, pero antes no sabemos si llegaremos al norte de las Molukas o se nos irá la pinza y llegaremos a Papua… esta parte está por decidir y ya veremos que nos va apeteciendo (que gustito da poder hacer esto). Estaremos un par de semanas en Malaysia, donde esperamos visitas por confirmar y, el 1 de agosto, volaremos a Bali para pasar otro mes en Indonesia, por la zona de Komodo, Flores, Sumba, Bali y Java, hasta el 29 de agosto, donde dejaremos nuestra aventura por las islas para poner rumbo a Kuala Lumpur, desde donde partiremos hacia algún sitio, pero aún no sabemos donde.

En fin amigos, que nos perdemos un poco más por las islas. Los próximos dos meses estaremos en una de las zonas más recónditas de Asia y del mundo, no sabemos hasta donde querremos o podremos llegar, pero vamos a ver que se cuece por esta parte del planeta a la que pocos occidentales llegan. Os contaremos, cuando haya internet y cuando nuestro cerebro nos lo permita. Hasta entonces, no nos olvidéis porque nosotros nos acordamos mucho de todos vosotros.



P.D. Este post lo queríamos haber subido el último día en Malasia-Borneo, concretamente el 19 de mayo, pero no hubo internet. Una vez en Kalimantan, el lado indonesio de Borneo, encontrar internet es casi tan difícil como encontrar jamón serrano, bueno, no tanto… En cuanto haya un atisbo de conexión con el mundo exterior os contamos nuestros comienzos en Indonesia. Y ya os adelantamos que prometen… 

lunes, 30 de abril de 2012

¿Playa o montaña? Mejor las dos…

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 En el último capítulo de nuestra aventura filipina, dejamos bien claro que algo nos estaba fallando desde nuestras expectativas hacia este país. La playa. No terminaban de molar, siempre había algo que las fastidiaba. Pero llegó Siquijor. Por recomendación de nuestros amigos de Dauin y, tras disfrutar y dormir en la playa de Apo, llegamos a Dauin, empaquetamos y directamente nos vamos a Dumaguete para coger un barco a la isla de Siquijor. Y no esperamos ante la perspectiva de falta de barcos en Viernes Santo pues, no olvidemos que aquí la Semana Santa se celebra y, además, coincide con sus “vacaciones de verano”, llenando todo de turistas nacionales y con muchas cosas cerradas por los festejos. Esta pequeña isla al sur de las Visayas, poco conocida por el turismo extranjero, es famosa por sus brujas y sus aceites y pociones con poderes mágicos. Un buen rato pasamos escuchando historias de terror sobre las cosas que pasan en esta isla. Pero bueno, si no paseas por cementerios de noche y saludas cordialmente a todas las ancianas parece ser que no tienes problemas. Y nos fuimos, y llegamos, como siempre.


IMG_8692IMG_8634Nos habían recomendado un lugar, un hotel barato en, ni más ni menos, que la Playa de San Juan (manda narices irte a la playa de San Juan en la otra parte del mundo, solo falta el Altet). The end of the Word que se llama. Precio económico por lo que no esperamos gran cosa. Pero bueno, las sorpresas con los alojamientos siempre van en dos direcciones y hoy tocaba la buena. Una casita con dos plantas, hamacas, una barca para pasear, cocina, agua caliente y, lo mejor de todo, justo a la orilla de una playa de arena fina y blanca como la harina ¡Pero que bien!. Y en el final del mundo nos relajamos hasta más allá de lo imaginable. Tras un par de días alquilando una moto para ir a ver a las curanderas preparar y vender sus aceites en una fiesta en lo alto de la montaña, para descender un acantilado entre escaleras de bambú hasta unas formaciones rocosas donde hacer snorkel y para conocer un poco la isla. Pero después de eso… relax, de ese al que todo el mundo aspira. Levantarte, desayunar, ir a una playita bonita o quedarte en la que tienes (pena que a veces la marea, sobre todo a úlitma hora del día se llevaba el agua a doscientos metros de la playa y dejaba unas rocas plagadas de erizos para evitar que te bañases), tumbarte en la hamaca, pelar un coco y pasar buenos ratos con Mery y Jonathan, compañeros de hotel, hablando de peces, buceos y viajes. Que fácil resulta a veces viajar y, además, nos cenamos al menos tres veces pollo frito con patatas…
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Y así pasa el tiempo, sin que te des cuenta y sin que te importe. Pero un viaje es un viaje, quedarnos sería otra cosa y tras tanta conversación de buceo, nos apetece muchísimo volver a enfundarnos el equipo y meternos bajo el agua. El próximo destino, Malapascua, al norte de la isla de Cebu, donde nos habían recomendado ir desde un principio por sus playas y sus inmersiones.
 


Un poquito más de playa, por favor


Dejamos The end of the world y continuamos rumbo al norte, comenzando con un barco nocturno que muy cómodamente nos dejaría a las seis de la mañana en Cebu, la segunda ciudad del país. Como gran ciudad que es, para nosotros solo cuenta como punto de unión entre transportes, así que llegamos y nos vamos, en un bus hasta Maya, donde cogemos el bote que nos lleva a la isla de Malapascua.

Nada más llegar comprendemos porque nos habían hablado de ella. Una isla plana, pequeña y rodeada de playas de arena blanca con palmeras. Dejando la primera línea de resorts, encontramos un pequeño, barato y no del todo limpio hotel y nos ponemos a recorrer playas hasta la puesta de sol.IMG_8706 Al día siguiente solo hay dos cosas que hacer, buscar la escuela de buceo con las que hacer las inmersiones y tumbarnos en la playa, comer y dormir. Y así lo hicimos. También vemos que la isla es muy distinta a los destinos anteriores, en los que había poco turismo extranjero. Aquí son todo guiris, la mayoría con la única intención de bucear, por lo que las playas están casi desiertas. Otra cosa que nos llama la atención es la marcada diferencia entre la zona de hoteles y el pueblo, que está claro que se beneficia lo justo del IMG_8750dinero que los turistas nos dejamos, sobre todo aquellos que se quedan a dormir, comer y bucear en los resorts. Pueblos de pescadores, de los más humildes que hemos visto y, justo al lado, resorts con habitaciones de lujo, restaurantes de lujo, tumbonas de lujo… nos planteamos con que derecho se les puede pedir que no pesquen determinados peces para que podamos venir a verlos, cuando ellos no ven nada a cambio, o eso parece.

 
Tiburón day!


Relatemos los hechos tal y como ocurrieron, de manera resumida para no aburrir y, con la premisa de que, como ya hemos dicho, somos unos flipados submarinos…

Nos levantamos a las cuatro de la mañana, nos comemos dos bollos y nos vamos al barco, donde nos tomamos un café de camino a Monad Soal, primer punto de inmersión del día. Nos colocamos el equipo y justo en el momento en el que el sol empieza a despuntar sobre la línea del mar, nos metemos debajo de ella. Bajamos 20 metros, nos plantamos de rodillas en la arena y a flipar, dos thresher sharks a menos de diez metros. Y tras estos dos, otros dos, y así los cuarenta minutos que estamos en el fondo hasta que nos toca volver a superficie. Os ponemos la foto que nos hemos bajado de internet, ya que supongo que, igual que nosotros un par de semanas antes, no tendréis ni idea de que tiburón es este.

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Volvemos a la isla y un par de horas después, de vuelta al barco, nos dirigimos hacia Gato Island, donde realizaremos dos inmersiones más. El islote es una torre cubierta de verde rodeada de aguas cristalinas, parece el lugar perfecto para escalar sin asegurar y darte un bañito cada vez que te caigas. De nuevo el equipo puesto y al agua patos. La segunda inmersión del día transcurre por el muro de la parte sumergida de la isla. Vemos varios bichos muy interesantes sobre los que destacar un gran caballito de mar (entendemos que es un ejemplar grande porque mide unos diez centímetros, todo es relativo). Bordeamos distintas formaciones rocosas hasta que, al sobrepasar otro pedrusco vemos a un tiburón de punta de aleta blanca dormir plácidamente sobre la arena. Nos detenemos y unos cuantos de estos tiburones (estos si que tienen cara de tiburón malo, no como el thresher, que parece un gatito sonriente) comienzan a nadar alrededor. El más grande, de casi dos metros, nos llega a remolonear a unos tres o cuatro metros. Bestial. Terminamos el oxígeno y de vuelta al barco, para limpiarnos de nitrógeno y sobre todo comer algo. Para finalizar el buceo, nos espera The Cave, donde también esperábamos ver tiburones, como no. Pero fue mucho más que eso. 
IMG_8738Descendemos, encendemos linternas y empezamos a nadar por una pequeña cueva, que en su punto más pequeño no tendría más de un metro y medio de altura. Lo mejor es que, cuando divisamos la salida, nos encontramos en una pequeña caverna de unos siete metros de diámetro, donde un tiburón de cerca de un metro, nada a nuestro alrededor, entre pequeños peces totalmente inmóviles, con la única luz de nuestra linterna y, unos metros más allá, la salida de la cueva, como una ventana con un fondo azul, y con otro tiburón que se pasea por el exterior. Vimos más tiburones, pero esta es otra de esas imágenes que siempre recordaremos y que se va, como diría Fernandisco, al top ten de nuestras lista de vivencias en este viaje. Como para no fliparlo.

IMG_8720Y tras esto solo nos queda despedirnos de las playas de Filipinas. Y lo hicimos bien. Recorrimos la isla parando en diversas playas, más o mucho más bonitas, hasta que llegamos a la otra punta, donde cerca de un kilómetro de arena blanca separaba el agua (¿hemos dicho ya que parece mineral de lo trasparente que está?) de las rocas y las palmeras. Dejamos temporalmente la playa y lo hacemos en la que, posiblemente, es la más bonita que hemos visto en este viaje. Esther se cena unos calamares a la romana para celebrarlo y a dormir, que nos vamos para el norte y tenemos unos cuantos días de desplazamientos.
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Ir al norte es como ir cuesta arriba

Un bote, un bus, dos horas de espera, otro bus, otras dos horas de espera y dos horas más en un ferry. Eso es lo que da tiempo a hacer en un día. Duermes, te levantas, desayunas, coges otro bus, comes rápido porque sale el barco que tienes que coger y llegas a otra ciudad donde pasar la noche, pues hace un tiempo que nos cansamos de pasar la noche en buses. Al principio está muy bien pero no siempre te ahorras mucho dinero y lo pierdes al día siguiente, pues te dedicas solo a dormitar… IMG_1433En fin, llegamos a una ciudad grande pero maja, Iloilo, donde descansar unas horas antes de volver a coger el bus que nos ha de llevar a Kalibo, desde donde un avión nos llevará al norte de Manila. Seguimos el plan de intentar dormir en el aeropuerto para coger el avión por la mañana, es una buena forma de ahorrar y además se duerme bien, calentito en el saco de dormir con el aire acondicionado. Pero no, es un cutre aeropuerto que cierra de noche (aunque le pongan lo de Internacional) y nos toca buscarnos hotel. Sin más cogemos el vuelo y llegamos a Clark. Otro bus, que esto no ha acabado y llegamos a Baguio, la capital del norte.

IMG_1451De Baguio se pueden decir muchas cosas. Es grande y extraña, pues está en lo alto de las montañas ocupando muchas colinas, con una distribución muy rara, que está llena de gente hasta la bandera, que es más cara que los otros sitios donde hemos estado… en fín, que no es nada de otro mundo, aunque casi como todo tiene su encanto. Pero aun así decidimos parar un día aquí antes del destino que buscamos en el norte. Razones, que llevamos cuatro días sin parar, que Esther tiene el estómago un poco pocho, que estamos cansados, que no tenemos prisa, que tal y pascual. Y algo más.

 
Todas las cosas bonitas no están en este viaje


Y no podemos imaginar mejor razón en este mundo para parar un día, concretamente el 20 de abril, para situarnos. Aunque fuese en el más oscuro agujero asiático. En el autobús de camino a Baguio recibimos la llamada que llevábamos esperando varios días. Patri ha roto aguas. El hotel tiene wifi, el teléfono batería, solo queda esperar, de una forma distinta a la familia, allá en la otra punta del planeta, pero esperar al fin y al cabo. A las cuatro de la mañana hora Filipina el teléfono nos despierta, Carla ha nacido y todo ha ido bien. Habíamos especulado mil veces sobre como nos afectaría ser tíos y estar tan lejos. Las sensaciones son mil pero, por encima de todo y, después de ver a nuestra sobrina y la familia tan contenta vía Skype, nos sentimos muy felices. El cansancio de los días anteriores se fue. Pensar en alguien a quien no conocemos pero ya queremos se convierte en algo habitual y nos llena de alegría. Ya han pasado más de seis meses del viaje, ya hemos pasado el ecuador, por lo que podemos empezar a contar los días que faltan para conocer a Carla, sea eso cuando sea.
 


Un poquito de montaña por favor


IMG_1469IMG_1472Y tras tanto preámbulo, llegamos a Sagada, en el que posiblemente sea el autobús más incómodo de lo que llevamos de viaje, con todos los ingredientes: muy viejo, muy lleno, por una carretera de mierda y, por supuesto, muy lento, seis horas para poco más de 150 kilómetros. Nada más llegar a este pequeño poblado en la montaña, notas el ambiente, es distinto, recuerda a los pueblos del interior de España (solo en el ambiente). Encontramos un lugar agradable para dormir y vemos la cantidad de posibilidades que hay, a menos de una hora andando, para pasar los últimos días en Filipinas.

El primer día fue genial, lloviendo a cántaros casi sin descanso, tomando un té, leyendo, escribiendo. Y es que a veces se agradece tener tiempo muerto cuando se está en un lugar agradable. Pero la lluvia pasa y empieza la actividad. Visitamos las terrazas de arroz de los alrededores, caminando entre pinos. Tal vez no sean las más espectaculares, pero son preciosas y el verde de las plantaciones deslumbra junto a rocas, ríos y poblados.

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Almuerzo entre pinos, una lejana cascada, más terrazas… muy bonito y   tranquilo. ¿Dos días de tranquilidad? Pues ni uno más. Al tercero nos vamos con Jimy, el guía local al que hay que contratar sí o sí (salvo que quieras morir), para atravesar la montaña, por dentro, entre dos cuevas cercanas. Muy cañero y resbaladizo, preciosas formaciones en el interior, agujeros por los que dices que no cabes justo antes de entrar, bañito en un lago dentro de la cueva y a comer. 
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En esta cueva no hay tiburones pero es
IMG_8861 asombrosa y nos divertimos como nunca, o como siempre… en fin, que os vamos a contar… Y otro día más para un bañito en una pequeña cascada, más tiempo para leer y relajarse, disfrutar del fresco de la montaña y la tranquilidad de Sagada. Ah! se nos olvidaba, en este pueblo tiene una cosa rarita, un precioso valle, con pinos, formaciones rocosas y tumbas colgantes… si si, habéis leido bien, tumbas colgantes nada más y nada menos…
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Y de nuevo todo toca a su fin. Otra vez el bus, aunque esta vez más cómodo (y además muy divertido gracias a un filipino y un japonés de 60 años que podrían hacer un dúo cómico). De vuelta en Baguio. Hacemos noche y otro bus para el aeropuerto. Última comida basura, momentos intensos con un conductor de “tricicle” y de nuevo a esperar otro avión de Air Asia. Dejamos otro país y ponemos rumbo a Borneo, Malasya. Dejamos en esta ocasión, amigos filipinos. Hemos disfrutado sus volcanes, sus islas y a veces su comida, hemos gozado sus playas y sobre todo lo que esconde bajo sus aguas cristalinas, pero, sobre todo, hemos descubierto a una gente hospitalaria, amable, alegre y dispuesta a ofrecernos cuanto han podido con el único requerimiento de vernos contentos, y de estar contentos por que unos forasteros compartan su tiempo con ellos. La gente nos ha encantado y aquí, definitivamente, el fondo del mar nos ha cautivado.

Besos para todos desde algún punto en el aire entre Filipinas y Malasya, donde han salido estas últimas palabras. Nos vemos en Kota Kinabalu!!!